To read the poetry translated into English by Mark Aldrich
Rafael Pérez Estrada Rafael Pérez Estrada


Original Texts: Cuatro poemas

I

La renuncia a los labios si es hecha por verdadero amor, o si en la renuncia concurren razones heroicas, permite que los labios subsistan independientes, libres del rostro y de la boca que los soportan. En estos supuestos, como entidades propias pueden vivir y reproducirse de modo similar al de algunos peces orientales.
La señora de Tryon Roland creyó en la ancianidad que una carpa de un rojo mu vivo, casi violento, era la sonrisa de un amante de la adolescencia, que en un instante de éxtasis le ofreció su rasgo más expresivo.

II

Nunca pudo peinarse. Su cabellera, pelirroja, ardía como la ilusión recién creada de un pozo de petróleo. Su pelo era una zarza de rojísimo fuego, y ella estaba feliz porque algunos muchachos la trataban respetuosamente, tal si fuera la luz que arde a la memoria de los héroes. Sin embargo, los más osados, que eran también los más hermosos, no dudaban en encender sus rubios cigarillos en aquella inconsolable llama.

III

Se le atribuye al niño céreo, que es lejano e indiferente, un tratado de filosofía práctica y elemental. En él las cuestiones se abordan con una prontitud llena de riesgos y equívocos. Esta lectura pudiera servir de ejemplo:
Hay al menos dos clases de silencios mayores. El primero habita en el fondo de las cañerías y desagües. Es un silencio agazapado y traidor. El otro, luminoso, sólo frecuenta la resposada superficie de los lagos.

IV

La mañana del 12 de noviembre de 1975 recibí un sobre con el aspecto sospechoso de contener un anónimo. Lo abrí con esa resignación que la curiosidad mezcla a lo desagradable: me había equivocado. En su interior, brillante, como una piedra tallada por el mismísimo Spinoza, una metáfora me aguardaba inocente. Tienen las metáforas la belleza — cuando son auténticas — de ciertas plantas carnívoras, y pueden, de inmediato, cautivar a quienes las reciben. Aquella era de una ley muy pura, y resplandecía como un amanecer en el Mediterráneo. Desde entonces la llevo prendida en el llavero, y la gente la confunde con un amuleto de la suerte.


La pasión de lo breve (selección)

A qué escribir para la inmortalidad — me dijo el poeta contable, que era sumamente práctico — si la mortalidad está más cerca.

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La serenidad de un símbolo hace de un comerciante de Nueva Jersey un decidido místico, y todo por haber contemplado, en un amanecer de rascacielos, el vuelo de una paloma cuyo pecho impoluto estaba manchado de rouge.

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Desesperado, después de jugarse la hacienda y la fortuna, se jugó la suerte.

Dijo el forense ante la desnudez desamparada del narrador muerto: Se asfixió con una palabra sin sentido.

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Con la frialdad del cirujano clavó el puñal de la crítica en la indefensa ternura del poema.

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Hizo de la poesía un a mística y una pasión. Se sentía tan uno en la palabra que, como un mártir secreto de la sangre, estaba dispuesto a defender con la vida la pulcritud de sus endecasílabos. A él se debe la idea de una Cruzada Poética, una lucha santa contra la prosa. Un despropósito similar a la cruzada de los niños.

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El escritor que deja en el éter sus pensamientos, quizá cometa el pecado de Onán.

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Conocí en el Círculo de Bellas Artes a una mujer: Era la mensajera del soneto, y nada más verme, como si estuviera a punto de asaltar la Bastilla, me gritó terrible: ¡Abajo la libertad poética."

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¿Para quién se viste la mujer del ciego?, preguntó el filósofo, buscando un pretexto para un discurso imposible: Para la noche y el tacto, respondió el ciego, que era un necio insoportable.

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Lo vi tan feliz y seguro que no pude contenerme: ¡Usted no está en condiciones de escribir poesía!, le advertí didáctico.

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Pienso, luego existo;
y me respondió el objetual:
Los objetos existen,
luego piensan.
Y para redundar en lo dicho
empujé al suelo el jarrón utilizado
de pretexto hasta entonces:
Y sufren — añadí —
en silencio.

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El bibliotecario, dando una palmada, llamó rijoso:
¡Libros, al salón!

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Zinnias, verbenas, petunias
y una mariquita como una gota
de sangre ensombrecida
por el seis doble del dominó.


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Solté el magnetófono, solté la imaginación: Salgamos a cazar ideas, me dije alegremente.

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Homenaje a William Carlos Williams:
Qué habrá sido del mensajero que subió a un ascensor de cristal llevando un ramo de peonías ¡Un muchachito demasiado joven para tanta responsabilidad!

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Soñó que, como una criatura mitológica, su cabellera se le hacía yedra, y amaneció enredada en los muebles de la casa, inundándolo todo. Se dice que vivió temerosa, inquieta ante la posibilidad de que un jardinero acudiera a podarla.

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Odiaba el número 17 por ser descortés y cortante, y guardaba todos los mimos para el 18. Es blando y mullido, comentaba en momentos de extrema intimidad.